Brasil es el país más grande de América del Sur y el quinto más extenso del mundo, con más de 200 millones de habitantes. Su escala es tal que no existe un “Brasil” único: contiene ecosistemas y regiones que en otras partes del mundo constituirían países enteros por sí solos. La selva amazónica cubre buena parte del norte; el Pantanal, en el oeste, es el humedal más grande del planeta; y las Cataratas del Iguazú, compartidas con Argentina, se cuentan entre las más imponentes del mundo. Hacia el nordeste se extienden cientos de kilómetros de costa atlántica y ciudades de fundación colonial como Salvador y Recife; hacia el sudeste, la escala cambia por completo con metrópolis como São Paulo y Río de Janeiro. Más al sur, en estados como Rio Grande do Sul, el clima se vuelve más frío, la impronta europea es más marcada, y la cercanía histórica y geográfica con los países del Río de la Plata le da a esa región un carácter propio, distinto del resto del país.
Esa misma escala se refleja en su composición: sobre los pueblos indígenas originarios se sumaron sucesivas oleadas de inmigración europea —portuguesa, pero también alemana, italiana y de otros orígenes—, comunidades de raíz africana, y más recientemente inmigración asiática. Cada una se asentó con distinta intensidad según la región, por lo que la gastronomía, la música y las costumbres cambian notablemente de un extremo del país al otro.
El pickleball llegó a Brasil en 2021, cuando José Eduardo Guilger, un brasileño que había conocido el deporte en Estados Unidos, comenzó a practicarlo en el país. Con el correr de los años surgió una confederación nacional, la Confederação Brasileira de Pickleball, encargada de organizar la actividad competitiva.
